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Las dos fuerzas que definirán nuestro mundo
20 sep 2022
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Platón afirmó que “solo los muertos han visto el fin de las guerras”. Provocadoramente, el gran filósofo griego quiso llamar nuestra atención sobre el largo plazo. Muchas veces discutimos el corto plazo, y en ciertos momentos de la Grecia clásica pudo vencer la ilusión de que se había vivido “el fin de las guerras” (por ejemplo, tras la victoria de las polis griegas sobre los persas en el año 480 a. c., o tras la victoria Esparta sobre Atenas en las guerras del Peloponeso en el 404). Sin embargo, Platón sabía que a largo plazo siempre habría guerras, y por lo tanto solo los muertos podrían afirmar haber visto su fin.

Si aplicamos esta lógica platónica sobre el mundo que vivimos podemos extraer reflexiones muy jugosas para intentar analizar y comprender lo estructural, más que lo coyuntural. En mi opinión, son dos las principales fuerzas que definirán nuestro mundo. Primera, la demografía. Si la tendencia de crecimiento demográfico mantiene su menguante trayectoria, puede que en muy pocas décadas el mundo alcance un máximo de población cercano a 10.000 millones de personas, y por primera vez desde que los humanos existimos (unos 200.000 años) seremos menos sin que medie una guerra o una pandemia. A nivel nacional los cambios pueden resultar más vertiginosos. Las Naciones Unidas publicaron hace poco un documento analizando la evolución futura de la población activa china (actualmente onda los 1.000 millones). En un escenario de fertilidad baja (el actual), dicha población podría reducirse en dos tercios, hasta alcanzar una cifra cercana a los 250 millones. De hecho, ya en 2023 la población de la India superará a la de China. La población activa no solo se reducirá en China, sino también en Europa y en Japón.

Las consecuencias económicas y sociales del declive demográfico son enormes. Si una economía es el múltiplo entre horas trabajadas y productividad por horas trabajadas, el declive demográfico restará a la primera magnitud de una forma intensa. Si se cumplieran las predicciones de la ONU, manteniendo la otra hipótesis constante (productividad), la economía china podría reducirse en dos tercios a final de siglo. A su vez el empeoramiento de ratios de dependencia (relación entre jubilados y trabajadores), irá tensionando las cuentas públicas, cada vez más escoradas a pensiones y a sanidad, quebrando la solidaridad interge neracional, y por tanto la máxima de Burke “una sociedad es un contrato entre generaciones”. Además, el calentamiento global forzará a que grandes masas de población se desplacen, bien dentro de un mismo país, lo que podría agudizar la situación de sobrepoblación de muchas ciudades, bien con movimientos transfronterizos. En este último caso las fronteras expuestas a mayor diferencia de PIB per capita serán las más amenazadas. Europa sale primera en las quinielas. Además, poblaciones envejecidas tienden a innovar menos, algo que podría repercutir en la productividad que en seguida analizaremos. Otra consecuencia del envejecimiento es que, al entrar en la población activa menos jóvenes que las personas mayores que se jubilan, aumentará el poder negociador del empleado frente su empleador, algo que explicará tensiones inflacionistas más estructurales, así como una posible reducción de márgenes empresariales, tendencias que en general explicarán un menor nivel de desigualdad. También es interesante reflexionar sobre cuánto valdrán los inmuebles en zonas sometidas a la despoblación. Por último, una población envejecida tendrá una menor tendencia a luchar guerras, platónica consecuencia positiva entre tanta amenaza.

La segunda fuerza es la productividad. Si, como hemos visto, el PIB es el múltiplo entre horas trabajadas y productividad por hora trabajada la evolución de este último factor será clave, no solo para entender el crecimiento económico, sino nuestra futura prosperidad. El ser humano vivió desde sus orígenes con una renta per capita muy limitada, consecuencia del modelo malthusiano, por el cual mejoras de producción desembocaban en mayor población, de forma que la renta per capita se mantenía inalterada. Solo con una concentración masiva y rápida de innovación se podía generar una mejora intensa de productividad que mejorara los estándares de vida. Es justo lo que ocurrió con la revolución industrial a finales del siglo XVIII, proceso que nos ha permitido multiplicar por cien nuestra renta per capita en unos doscientos años (generando también externalidades negativas, como el calentamiento global).

Hacer crecer la productividad desde niveles bajos es más fácil que desde niveles altos, y desde mediados de los setenta el crecimiento de la productividad en los países occidentales ha sido mediocre (a pesar de tanta invención). También se observa un cada vez menor crecimiento de la productividad de los países emergentes. Con todo, en mi opinión aquí podemos experimentar sorpresas positivas si las ingentes innovaciones de las últimas décadas y la aceleración en la transformación digital que ha supuesto la crisis covid comienzan a resultar en mejoras de producción por hora trabajada. De manifestarse esta posibilidad se podría compensar el declive demográfico y la tensión inflacionista de salarios al alza, resultando en una aceleración en nuestros estándares de vida. Seremos menos y más solitarios, pero con mayor rent per capita. Ya veremos si para mejor.

Termino con unas palabras atribuidas por Platón a Sócrates, dirigiéndose al jurado al afrontar el cumplimiento de su condena a muerte: “Pero ya es hora de marcharnos, yo a morir y vosotros a vivir. Quién de nosotros se dirige a una situación mejor es algo oculto para todos, excepto para los dioses”.

 

Publicado en Actualidad Económica

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