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Por qué China está dando marcha atrás a sus políticas
13 abr 2022
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Se dice que Confucio, el que quizás haya sido el mayor pensador chino de la historia, afirmó una vez “la vida es muy sencilla, pero insistimos en complicarla”. De la idea confuciana de sencillez se desprendió el profundo debate que llevó a cabo el Partido Comunista chino a la muerte de Mao Tse Tung, ya que para entonces parecía evidente que el crecimiento económico era sencillo si se seguía una serie de reformas de mercado (el fracaso económico de la Unión Soviética parecía ya patente). De ese debate surgió la necesidad de que China iniciara reformas de mercado para así conseguir riqueza y prosperidad.

En palabras del líder Deng Xiao Ping “no importa si el gato es blanco o negro, lo importante es que cace ratones”. Las reformas emprendidas a finales de los años 70 provocaron un crecimiento económico sin precedentes. China fue capaz de crecer hasta construir la segunda economía del mundo en dólares corrientes, y el crecimiento supuso la práctica erradicación de la pobreza extrema que afligía a la mayoría de la población china. Hoy en día China disfruta de una renta per cápita de unos 10.000 dólares, niveles similares a los de Bulgaria. He criticado no obstante que, si el modelo de desarrollo económico que generó China desde 1980 hasta 2010 fue tan espectacular como sostenible, la crisis financiera global llevó al país a reenfocar su modelo de crecimiento hacia uno mucho menos recurrente. Así, China comenzó a aumentar su volumen de inversiones hasta unas ratios peligrosas (más del 40% del PIB, España llegó a un 30% antes de la crisis inmobiliaria), a calentar el sector inmobiliario-constructor (28% del PIB, parecido al de España antes de la crisis inmobiliaria) y, sobre todo, a depender de la deuda para financiar el crecimiento. Así, si la relación deuda total (Estado, empresas, hogares) debería mantenerse estable como porcentaje del PIB para ser considerada sostenible, en China ha pasado de 1,4 veces a 2,8.

Por si fuera poco, desde que comenzó la crisis Covid el Gobierno, impulsado por su líder máximo, Xi Jinping, impulsó tres políticas clave. Primera: tolerancia cero frente al Covid. Segunda: límites al apalancamiento financiero de las promotoras inmobiliarias (se afirmó correctamente que los excesos financieros podían suponer la mayor amenaza para China). Tercera: la política de “prosperidad común” que supuso en la práctica un enfrentamiento a las grandes empresas tecnológicas. Bajo el crecimiento económico y estas políticas se auspiciaba el vigésimo congreso del Partido Comunista chino, en otoño de 2022, congreso en el que Xi Jinping plantea cambiar la costumbre de alternancia en el liderazgo defendida por su antecesor Deng Xiao Ping, y postularse como líder perpetuo.

Sin embargo, los acontecimientos han ido en otros derroteros. Primero, la burbuja inmobiliaria china comenzó a pinchar el pasado agosto. Desde entonces están cayendo los precios de las casas, y la actividad inmobiliaria está experimentando fuertes retrocesos (las ventas de casas bajan ya un 21%). Segundo, la variante ómicron se ha extendido en ciertas zonas de China, y la vacuna china parece ser mucho menos eficaz que las vacunas occidentales desarrolladas por RNA mensajero. Y tercero, la política de prosperidad común ha resultado en que las cuatro mayores empresas tecnológicas chinas valgan hoy un billón (español) menos de dólares que antes de su implementación, mientras que el Nasdaq de los EEUU ha subido un billón en ese periodo. La consecuencia es que se amenaza la pujanza tecnológica china, algo que puede afectar a su crecimiento futuro vía productividad. Como la población activa china está ya reduciéndose, las mejoras que la tecnología puedan aportar en generar crecimientos de productividad son clave si el país aspira a mantener un crecimiento decente a futuro y así intentar rivalizar con los EEUU.

En este contexto, no es de extrañar que el Partido Comunista esté revirtiendo las políticas arriba expuestas. La intensidad de la crisis inmobiliaria es tal que se han relajado muchos límites financieros impuestos con la reforma, y el banco central ha procedido a inyectar liquidez en los mercados para así paliar la crisis inmobiliaria. Son medidas que posiblemente dilaten un proceso de ajuste irreversible, como sabemos bien en España.

Por otra parte, la extensión de ómicron primero a Hong Kong y más tarde al resto del país ha provocado que la política de tolerancia cero deje de ser realista ya que el cierre total de fábricas supondría una merma en producción en un momento de cierta debilidad. Por eso el pasado día 19 de mazo China anunció que modificaba (abandonaba) la política de tolerancia cero.

Por último, la interrelación entre la tecnología y el crecimiento futuro, y el daño que a dicha interrelación podría estar generando la política de “prosperidad común” está en el debate más candente del Partido. No es de extrañar que, con la bolsa en mínimos de seis años, el máximo asesor económico de Xi Jinping, Liu He, haya anunciado de una forma muy extraordinaria, que el gobierno tomaría decisiones importantes sobre el futuro de la economía. Deberíamos esperar una reversión en la práctica de la política de “prosperidad común”. De hecho, en el discurso reciente del Estado de la Nación, el primer ministro Li Kekiang solo mencionó la prosperidad común una vez.

La política es el arte de lo posible. Y lo posible es sencillo: cuando la economía se resiente el margen de actuación política también lo hace.

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